Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado




si las barcas hubiesen naufragado, hubiera llegado algún resto la estas playas. --Lo he notado como vos.
--Reparad también en que las dos únicas barcas que quedaban en toda la isla y a las cuales envié en bus-
ca de las demás... Aramis interrumpió a su compañero con un grito y un movimiento tan repentinos, que
Porthos se calló estupefacto.
--¡Cómo! --exclamó Aramis, --¿vos habéis enviado las dos barcas!...
--A buscar las demás, sí, --respondió con sencillez Porthos.
--¡Ah, desventurado! ¿Qué habéis hecho? ¡entonces estamos perdidos!
--¡Perdidos! --exclamó el gigante despavorido. --¿Por qué estamos perdidos, Aramis?
--Nada, nada, --repuso el obispo mordiéndose los labios. -- Quise decir...
--¿Qué?
--Que si quisiéramos dar un paseo por el mar, no podríamos.
--¡Valiente placer, por mi vida! para quien lo apetezca. Lo que yo deseo, no es el gusto más o menos
grande que uno puede recibir en Belle-Isle, sino en Pierrefonds, Bracieux, Vallón, en mi hermosa Francia;
porque aquí no estamos en Francia, amigo mío, ni sé dónde. Lo que digo con toda la sinceridad de mi alma,
y perdonad mi franqueza en gracia a mi afecto, es que aquí me siento mal.
Amigo Porthos, --dijo Aramis ahogando un suspiro, --he ahí por qué es tan triste que hayáis enviado las
dos barcas que nos quedaban. De no haberlas enviado, ya hubiéramos partido.
--¡Partido! ¿Y la consigna?
--¿Qué consigna?
--¡Pardiez! La consigna que diariamente y bajo cualquier pretexto me repetíais, esto es, que guardára-
mos a Belle-Isle contra el usurpador.
--Es verdad, --murmuró Aramis.
Ya veis, pues, que no podemos partir, y que nada nos perjudica el envío de las dos barcas.
Aramis se calló, y tendió por el inmenso mar su mirada, luminosa como la de la gaviota, para penetrar
más allá del horizonte.
--A pesar de eso, --continuó Porthos, --que estaba tanto más aferrado al su idea, --no me dais explica-
ción alguna respecto a lo que pueda haber sucedido al las desventuradas barcas. Doquiera paso, oigo ayes y
lamentos; los niños lloran al ver llorar a las mujeres, como si yo pudiese restituir a los unos sus padres, y a
las otras sus esposos. ¿Qué suponéis vos, y qué debo responderles?
--Supongámoslo todo, mi buen Porthos, y nada digamos. Este, poco satisfecho de tal respuesta, volvió la
cabeza y profirió algunas palabras de mal humor.
--¿Os acordáis, --dijo Aramis con melancolía y estrechando con afectuosa cordialidad ambas manos a
Porthos, que en los hermosos días de nuestra juventud, cuando éramos fuertes y valientes, los otros dos y
nosotros nos hubiéramos vuelto a Francia sinos hubiese dado la gana, sin que nos hubiera detenido esa sá-
bana de agua salada?
--¡Oh, seis leguas! --repuso Porthos.
--¿Os habríais quedado en tierra, si me hubieseis visto embarcarme en una tabla?
--No, Aramis, no; pero hoy ¡qué tabla no necesitaríamos, yo sobre todo! --dijo el señor de Bracieux
riéndose con orgullo y lanzando una mirada a su colosal redondez. Y añadió: --¿Formalmente no os abu-
rrís un poco en Belle-Isle? ¿No preferiríais a esto las comodidades de vuestro palacio de Vannes?
--No, --respondió Aramis, sin atreverse a mirar a Porthos.
--Pues quedémonos, --repuso él suspirando. Y agregó: --Sin embargo, como nos propusiéramos de ve-
ras, pero bien de veras, volvernos a Francia, aunque no pudiésemos disfrutar de barca alguna...
--¿Habéis notado otra cosa, mi querido amigo? Desde la desaparición de nuestras barcas, durante esos
dos días en que no ha vuelto ninguno de nuestros pescadores no ha abordado a esta isla ni una mísera bar-
quichuela.
--Es verdad; antes de estos funestos días, veíamos llegar barcas y lanchas.
--Habrá que informarse, --dijo de repente Aramis. Aun cuando deba hacer construir una balsa...
Aramis continuó paseándose con todas las señales de una agitación creciente.
Porthos, que se cansaba siguiendo los febriles movimientos de su amigo, y en su calma y en su creduli-
dad no comprendía el por qué de aquella exasperación que se resolvía en sobresaltos continuos, detuvo al
Aramis y le dijo:
--Sentémonos en esta roca, uno junto a otro... Ahora os conjuro por última vez que me expliquéis de
manera que yo lo comprenda qué hacemos aquí.
--Porthos... --dijo Aramis con turbación. --Sé que el falso rey ha intentado destronar al rey legítimo. Esto lo comprendo. ¿No es falso lo que me
dijisteis?
--Sí, --respondió Aramis.
--Sé, además, que el falso rey ha proyectado vender Belle-Isle


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission